lunes, 17 de enero de 2011



Tú y yo. Solos ante el atardecer.
Sentados en un banco, mirando al sol esconderse bajo las olas del océano. De pronto, te giras, buscando algo necesario. Tus ojos, cristalinos, húmedos, se paran al mirar los míos. Una puerta se me abre al paraíso, al limbo, al cielo. Deslumbro una película de amor, una novela de misterio, un cuadro sublime, una canción hermosa. Veo tus deseos más sinceros, tus pensamientos más dulces, tus caprichos más discretos, tu corazón más fuerte que nunca.
En media fracción de segundo.
Seguido, te apartas con miedo, con susto, como si pensaras que esto es una traición a tus creencias. Vuelves a mirar al mar profundo, al misterio insaciable, al silencio infinito. Tu cabello, con colores al son del mismo anochecer, se mecen con el viento.
Te confundo con una ninfa, con una sirena, con un ángel. ¿O realmente eres un ángel que ha venido a mi vida?
De repente, me coges de la mano, y me dejo llevar, como hipnotizado. No me doy cuenta de lo que sucede, todo pasa vertiginosamente.
Siento tus labios junto a los mios, como me abrazas fuerte mente, como todo se derrumba alrededor. Tengo un sentimiento extraño. Mi vida pasa en dispositivas. Las olas rompen suavemente. El viento vuela alrededor nuestro. Todo es silencio.
No soy mas que un libro abierto para ti. Un libro abierto y en blanco. Y sé que serás la primera en escribir en él.
Tu y yo. Solos ante el atardecer. El tiempo se detiene ante nosotros dos.

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